Paso a paso,
te acercas a ella.
Coge tu mano.
Pareciera un gesto simple pero la verdad es que está cargado de un significado mayor.
El contacto físico y la interacción social es fundamental durante los primeros años de la vida. Muy seguramente recuerdas la presencia o ausencia de contacto como algo que trae muy buenos o malos recuerdos. No es casualidad.
Las caricias, abrazos y en general, la forma en que las personas más cercanas de nuestras vidas se han relacionado con nosotros determinan en buena medida, las maneras en cómo nos desenvolveremos en las relaciones que establezcamos con otros más adelante. Si bien sabemos que somos una especie prosocial -dada nuestra capacidad para compartir, intercambiar, cooperar y ponernos en el lugar de otro- carecer de contacto y de un relacionamiento positivo con nuestros pares termina dando como resultado algo muy diferente.
Pero volvamos a la pregunta, la historia ha mostrado que crecer aislado de otros y sin ningún tipo de contacto termina teniendo efectos en el comportamiento y por supuesto en la adquisición del lenguaje (profundizaré sobre esto en otros artículos). A los pocos casos documentados sobre el tema se les ha dado el rótulo de niños ferales (o salvajes).
Víctor de Aveyron en 1799, Amala y Makala en 1920 o Genie en los 50´s comparten algo en común: pasaron sus primeros años de vida creciendo en ambientes hostiles, sin relacionarse con otros -pares y adultos mayores-, es decir; sin ningún contacto físico positivo y sin escuchar hablar o ver a otros comportarse. Pese a que cuando fueron encontrados, cada uno en su momento pasó por procesos reeducación para reintegrarlos a la sociedad, nunca se logró esto con éxito. Notables limitaciones en el desarrollo del lenguaje, comportamientos más silvestres y preferir comer alimentos crudos que cocinados, terminaron por dificultar su adaptación social o afectando su salud, por lo que la mayoría terminaron falleciendo como adultos jóvenes.
Pero no seamos tan drásticos, te propongo que ahora pienses en esto:
¿Cuál es el gesto, mirada, caricia o palabra que recuerdas de tus padres, hermanos/as, abuelos/as?
Recuerda ahora cómo te sentías cuando ocurría y cómo te sentías cuando no pasaba y así lo querías. Seguramente cuando ocurría te sentías a gusto, reconfortado/a, dichoso/a, querido/a, feliz, y cuando no ocurría, si bien no te resultabas comportando como un niño feral, a lo mejor si que te sentías frustrado/a, impotente, irritado/a, molesto/a o con rabia.
Pues bien, la reiteración o no de ese gesto, mirada, caricia e incluso palabra(s), es lo que en últimas termina por configurar lo que los psicólogos llamamos los estilos de apego. Pero no quiero parecer el profesor aburrido y ladrilludo dando años, citas y autores. Hablémoslo con un ejemplo de este año.
Hace unos meses recuerdo que se hizo viral un pequeño mono macaco de un zoológico que fue abandonado por su madre y luego excluido y maltratado sucesivamente por los otros monos. Punch, como lo llamaron, empezó a padecer los efectos de la soledad y la ansiedad, pareciera que todo estaba en su contra y empezó a ensimismarse y volverse arisco. Para ayudarlo, pero sin intervenir notoriamente, sus cuidadores resolvieron entregarle a Punch un mono de peluche.

Los efectos fueron casi que inmediatos. Punch abrazaba fuertemente su peluche y lo llevaba consigo a todas partes. Era como si aferrarse a él le permitiera sobrellevar la soledad y ansiedad que sentía, pero más allá de esto, el peluche y el contacto con él, estaban supliendo ese gesto, mirada o caricia que Punch no había recibido de su madre y de su manada y que ahora le permitía autorregularse.
Punch pasó de presentar un estilo de apego desorganizado basado en comportamientos ansiosos intensos y su dificultad para relacionarse con otros a raíz del rechazo de su madre; a un apego ansioso al tener la necesidad de estar todo el tiempo con su peluche, para estar en contacto con él y sentirse seguro.
¿Qué hubiera pasado si la madre de Punch no lo hubiera rechazado?
Seguramente Punch no habría desarrollado comportamientos ansiosos, ni habría sentido la necesidad de aferrarse a un peluche así se lo hubieran puesto cerca, y a lo mejor habría podido relacionarse de buena manera con los otros monos de la manada. Habría desarrollado un apego seguro con su madre desde el cual poder sentirse tranquilo para explorar su entorno o buscar refugio cuando lo sintiera necesario.
Ahora, quizá la madre no hubiera rechazado del todo a Punch pero conductas como alimentarlo y permitir cercanía básica sin responder poco al contacto afectivo o; apartarlo cuando buscara consuelo, ni acicalarlo lo suficiente, habrían terminado por desarrollar un estilo de apego evitativo.
Si bien los estilos de apego no son necesariamente excluyentes entre sí, el caso de Punch es un buen ejemplo para ilustrarlos y, además nos muestra algo clave:
terminamos siendo el resultado de contingencias presentadas a nuestro alrededor, ya sea por el ambiente o por las personas más cercanas a nosotros, y la manera en cómo, en ese momento, a partir de nuestros propios recursos y habilidades, logramos lidiar con ello.
¿Recuerdas la pregunta pasada sobre el gesto, la mirada, la caricia o la palabra? Ahora piensa en esto:
¿Qué es lo que más te ha hecho sentir bien o mal cuando te relacionaste o interactuabas con tus maestros/as, amigos/as o parejas?
Puede que hayas recordado un gesto, mirada, caricia o palabra y que, al decirse de una manera o incluso no mencionarse te lleve a una situación o sensación particular.
¿Se parece esto en algo a lo que ya habías recordado anteriormente?
Leíste el fragmento. ¿Con qué fractura te encontraste?
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